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Celebridades

Wallis Simpson: La amante real

“Esa mujer”, como la llamaba con desprecio la reina Isabel II, supo jugar muy bien su papel de enamorada incomprendida y ahora queda al descubierto que su idílica relación con el rey Eduardo VIII, fue un montaje.

Por Nota: María del Carmen López
Wallis Simpson: La amante real

No lo podemos negar, a pesar que desde hace años era un secreto a voces que la relación entre el destronado rey Eduardo VIII y la socialité estadounidense Wallis Simpson era un engaño (por parte de ella) y se reducía a un serio caso de codependencia, preferimos pensar que era todo lo contrario y, por tanto, su conmovedora historia se había construido sobre un amor capaz de derrumbar cualquier barrera.

Era un hecho que cuando ella lo conoció no se sintió tan atraída por él, tanto como lo estuvo del ambiente que lo rodeaba, pues sabía que a su lado podía tener una vida que ni en sus sueños pudo imaginar, asi que cuando tuvo la oportunidad de convertirse en la amante del, en ese entonces, príncipe heredero, no lo dudó ni por un instante, aunque después le confesaría en unas cartas a su ex marido Ernest Aldrich Simpson, lo triste y lamentada que se sentía por haberse divorciado de el.

Su biógrafa Anne Sebba, autora del libro That Woman: the Life of Wallis Simpson, asegura que el hecho de ser la amante era más que suficiente, y su aspiración no era otra que pasársela bien y vivir en un ambiente de opulencia, rodeada de celebridades, viajes, ropa lujosa y joyas, pero nunca se había planteado una boda.

Cuentan los historiadores que en alguna ocasión Wallis Simpson intentó terminar su relación con Eduardo VIII, pero él amenazó con suicidarse si ella lo abandonaba.

Tres amantes inolvidables

De acuerdo con las investigaciones que los Servicios Secretos Británicos hicieron sobre Wallis Simpson, previos a la abdicación de Eduardo VIII y que fueron publicados en 2003, ella mantenía una relación con Guy Marcus Trundle, un expiloto de la Fuerza Aérea, al mismo tiempo que ya era de manera oficial la pareja del monarca. Su amante tenía 36 años de edad cuando la conoció y solía presumir que era capaz de conquistar a cualquier mujer, pues además de su atractivo físico tenía una personalidad arrolladora, sabía dominar las pistas de baile y era un seductor.

Aunque el interés de Simpson por este hombre era evidente, tenía que jugar sus cartas con mucho cuidado, y así lo hizo. Según la conclusión del reporte, ella lo mantuvo en un segundo plano, sobre todo, para no afectar los privilegios económicos que recibía por parte del rey.

Wallis nunca tuvo la lealtad a la pareja como una prioridad, de hecho, se inclinaba por mantener sus niveles de adrenalina al tope, pasando de un amante a otro. Así fue como llegó a su vida Joachim von Ribbentrop, un diplomático alemán que trabajaba en la embajada en Londres y con quien no tuvo reparo en involucrarse una vez que había despedido a Trundle de su vida.

Eduardo VIII estaba al tanto de los movimientos de su mujer y no porque fuera muy intuitivo, sino porque su familia (que había mandado investigar a la “norteamericana”, como la llamaban con desprecio) le hacía llegar los reportes. Pero eso no le importaba, al grado que cuando Wallis y Joachim se separaron, este le envió 17 rosas rojas que representaban el número de veces en las que tuvieron relaciones sexuales, y el exrey conocía el remitente.

Y aunque ambos hombres ocuparon un espacio en su historia, no lo sería en su corazón. Ese privilegio le perteneció a Herman Rogers, esposo de una de sus amigas más cercanas, Katherine; por él sintió un amor total, al grado que dos días antes de que se casara con el exroyal estuvo dispuesta a abandonarlo todo por Rogers, pero para su mala fortuna este no compartía el sentimiento.

Por ella solo sentía aprecio, pues él y su mujer se hicieron cargo de arroparla en su hogar en Francia cuando se gestaba la abdicación de Eduardo VIII, le brindaron un apoyo incondicional. Esa cercanía fue la que provocó que Simpson se enamorara de él, no obstante, sabía que no se trataba de un infiel y que no estaba a su alcance.

Sus retos por pasión

Wallis lo guardó como su amor secreto hasta la muerte de su amiga en 1949, y dio por hecho que tendría una oportunidad de tenerlo (como una aventura, por supuesto), pero no fue así, Lucy Wann se convirtió en su acérrima rival y llegó a casarse un año después con Rogers, aun cuando Simpson le pidió que no lo hiciera.

Cuando esta pareja celebró su unión, afirma Andrew Morton en su libro Wallis in Love, el enojo de la duquesa de Windsor se hizo presente y no dejó de humillar a la flamante esposa, tanto como pudo. Como regalo de bodas le envió a él una bandeja de plata con el escudo de la realeza británica, mientras que a ella le obsequió una enorme bolsa de paja que según el autor, era el regalo que se le podía dar a cualquier persona del servicio. Su malestar no se quedaría ahí, cuando tuvo oportunidad de quedarse a solas con Lucy le soltó una amenaza que dejaba al descubierto sus sentimientos hacia Herman: “Te haré responsable si algo le sucede. Él es el único hombre al que he amado”. La respuesta fue más que contundente y logró regresarle la ofensa a Wallis, con mucha clase: “Tú has conseguido a tu rey, pero yo he conseguido a Herman”.

Kitty Blair, nuera de Lucy, quien fuera entrevistada por el autor, agrega que a partir de ahí se convirtieron en rivales. Wallis no desistiría de su idea de conquistarlo a como diera lugar, y Lucy no se separaba de él ni mucho menos permitía que pasaran tiempo a solas, aun cuando se encontraran en reuniones.

A la esposa de Herman le sobraban motivos para mantener alejada a Wallis, porque nada la detenía, y esta última, dueña de una relajada moral esperaba cualquier instante para disfrutar de sus amantes, y como si fuera la madre de Eduardo VIII, lo mandaba a casa temprano y lo despreciaba enfrente de todos.

Lady Gladwyn, una amiga cercana de ellos, le compartió a Andrew Morton: “Wallis pasaba su tiempo con hombres jóvenes afeminados en clubes de noche hasta la madrugada”, y recordó que en una ocasión durante una fiesta Eduardo hizo referencia a las personas homosexuales que Wallis frecuentaba, y ella, sin voltear a verlo, le gritó: “Cállate, que ellos son más listos que tú”.

Herman fue en apariencia su gran amor sin consumar, él murió en 1957 como consecuencia de la enfermedad de Parkinson. A partir de entonces, ella se convirtió en una mujer más cruel y amargada de lo que ya se le conocía. No abandonó las fiestas ni aun cuando su esposo enfermó de cáncer, solía dejarlo con una enfermera que estuvo a su lado al momento de su muerte, Julie Chatard, quien declaró que él la llamaba una y otra vez sin respuesta.

A Wallis, la vida le cobró la factura, pues murió en soledad, sin un amor, con demencia senil y rodeada de una miseria muy distinta a la económica de la que siempre huyó: el desprecio de todos los que la rodearon.

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