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Mujer 3.0

Haga o deje de hacer… ¡soy una mamá culposa!

Hace más de un año, salía con zapatillas de clavo de mi oficina para llegar a la hora a mi casa y así poder relevar a la nana, que vivía lejísimos y debía viajar horas para llegar a ver a sus niños.

Haga o deje de hacer… ¡soy una mamá culposa!

Ella es una mujer buena, muy responsable y comprometida que cuidó de mis hijos y nos atendió como familia, por más de cinco años. Jamás me puso una mala cara si me demoraba en llegar, sin embargo yo sabía que por cuidar a mis hijos, ella dejaba menos tiempo para estar con los suyos. Procuraba entonces llegar a la hora, pero no siempre lo lograba ¿quién no tiene el  clásico jefe que cuando llega la hora de irse, quiere revisar temas pendientes?

Así fue pasando el tiempo, y entre las dos nos acomodábamos para en algunos momentos tener el minuto post pega para poder ir al supermercado, farmacia, comprar algún regalo o ir al doctor. Sin embargo, me fui dando cuenta de que yo estaba agotada y que finalmente el tiempo con mis hijos era de mala calidad, porque mi paciencia cuando ellos se demoraban horas en comer o no se querían acostar era casi nula. Me percaté que, definitivamente, lo que quería era que ya se acostaran a dormir para poder tener un minuto de paz para mi y descansar.

La culpa empezó a abordarme, por lo que optamos por hacer un cambio y tomamos una nana puertas adentro, lo que me permitió tener tiempo para mí… ¡oh qué maravilla!, ¡lo que tanto soñaba! Me llené de actividades… empecé a hacer gimnasia con unas amigas y un personal trainer, tomé clases de pintura y me di el gusto de irme muchas veces directo de la oficina a hacer shopping hasta la hora de cierre del mall, además de programar el cafecito con la amiga, el traguito y picoteo con otra, etc.

Ahí empecé a estar agotada otra vez, ahora debía cumplir con mis nuevos compromisos contraídos y no podía fallarle a las amigas, ni a los profes y cuando decidía hacer la cimarra, mi marido me decía: ¡Pero cómo vas a faltar si estás pagando! Entonces volvió la culpa. No veía mucho a los niños, no cumplía con mis compromisos y más encima estaba botando la plata. Pero, no por llegar temprano y tener tiempo menos exigido con ellos, me he logrado liberar de la culpa, qué difícil es asumir y cargar la culpa de ser mamá, estar con ellos, quererlos más que todo en el mundo, pero no tener ganas de jugar.

Hago un esfuerzo consciente, pero definitivamente es un sacrificio.  Adoro regalonear y sería feliz si ellos quisieran acurrucarse y conversar, ahí, quietitos entre los brazos de mami, pero ¡no! Tengo dos hombres que piden la lucha, los combates entre superhéroes, las escondidas, el choque de autos, etc. ¿Han jugado a pelear con los “monos” esos?, mientras pelean con el que uno tienen en la mano o terminas con la mano moreteada, o una uña rota…juegos bruscos, con una mamá de rulos.

Procuro darles pautas de vida, contención, escucha, rutinas, cuidados y sobre todo mucho, mucho amor, pero todo eso para mí pareciera no ser suficiente.

Vivo pensando en que no quiero que tengan trancas cuando sean adultos, ya que finalmente nuestra infancia nos marca la vida. No me quiero equivocar, entonces me pregunto ¿lo estaré haciendo bien? ¿cómo podría no gritar, si he pedido se haga algo y a la octava vez siguen sin hacerlo? ¿no me escuchan?¿soy muy blanda? ¿soy muy rígida? ¿cómo saber cuál es la cuota justa? ¿mis amigas mantendrán siempre el control?

Haga lo que haga, siempre quiero ser mejor,  ser perfecta y no asumo que no lo soy, pero sí asumo que la culpa vivirá conmigo y, al taparlos cada noche y decirles con un beso cuanto los quiero mientras duermen, entiendo que un amor así de grande merece anhelar ser la mejor mamá del mundo.

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