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Realeza

Boda real: encuentro de dos mundos

“No puedo esperar a pasar el resto de mi vida contigo”. Estas fueron las románticas palabras dedicadas por el Príncipe Harry a Meghan Markle en su discurso durante la primera recepción que siguió a la perfecta ceremonia religiosa.

Boda real: encuentro de dos mundos

Este sábado vimos el resultado final, pero no debe haber sido fácil al principio para Harry. Estamos hablando de una monarquía que dio un gran paso al aceptar a una commoner como Kate Middleton, es decir, alguien sin una gota de sangre azul. Pero la ahora duquesa de Cambridge es británica, sus padres se aseguraron que tuviera la mejor educación pagando los mejores colegios privados, es blanca y el príncipe William fue su primera relación seria. En cambio Harry jugó con todas las cartas en contra, enamorándose de una actriz estadounidense, de raza mixta y divorciada.

Repito, no debe haber sido fácil. Convencer a su abuela la Reina, debe haber tomado varias visitas y largas conversaciones. Pero el hijo menor de Diana lo logró. Este sábado en Windsor, Isabel II se mostraba solemne, sin embargo, su satisfacción era obvia. Aquella Reina que había exigido la virginidad de Diana, la que negó a su hijo Carlos el derecho a casarse con la mujer que realmente amaba, Camilla Parker Bowles, porque era divorciada, esa joven monarca quien muchos años antes había obligado a su hermana Margarita a renunciar al hombre que había elegido por haber estado casado y la que había sido testigo de la abdicación de su tío Eduardo VIII al enamorarse de una estadounidense divorciada y plebeya, ahí estaba presenciando una ceremonia que aunque pomposa y conservando protocolos, rompía varios de los cánones del establishment real.

Era un encuentro de dos mundos. La aristocracia hollywoodense competía codo a codo con la compuesta aristocracia del reino, la versión gospel de la canción Stand By Me emocionaba hasta las lágrimas, un obispo americano predicaba fervientemente acerca del poder del amor creando cierta incomodidad en la audiencia británica generalmente reacia a las demostraciones sentimentales, la madre de la novia de raza negra causaba suspiros de admiración proyectando una imagen más distinguida y serena que varios miembros de la familia del novio y finalmente afuera, en las calles de Windsor, banderas de Estados Unidos flameaban al unísono con las británicas. Solo siete años desde el matrimonio de Kate y William pero un abismo de diferencias.

Una vez terminadas las transmisiones en directo comenzaron las fiestas. Y fue precisamente la Reina Isabel la que ofreció la primera de ellas en el castillo de Windsor, un almuerzo para los seiscientos invitados que habían estado desde temprano en la Capilla de San Jorge. Luego solo doscientos de ellos se quedaron para la recepción de las 6 de la tarde ofrecida por el padre del novio en la Residencia Real de Frogmore en el mismo Windsor.

Su majestad ya se había retirado y regresado a Londres con su marido dejando a las generaciones más jóvenes disfrutar de una celebración que duró hasta altas horas de la madrugada. Aquí vinieron los discursos, que en cualquier boda británica que se precie deben ser ingeniosos y en tono de comedia, ojalá con un alto grado de humor local, o sea ese maravilloso british humour. Al parecer el que se robó la película e hizo llorar y reír a los asistentes, fue el propio anfitrión: el príncipe Carlos. Dio primero una emotiva bienvenida a Meghan y su madre a la familia, para luego bromear con las veces que debió dar mamadera y cambiar de pañales al pequeño Harry: “Y el resultado es bastante bueno, ¿no creen?“ remató. El príncipe de Gales estaba feliz, como si las culpas de errores pasados se hubieran expiado al ver la felicidad de sus dos hijos. Su actitud protectora y amable con Doria Ragland, la mamá de Meghan, que asistió sola, conmovió a los testigos.

El padrino, William, bromeó con anécdotas de su hermano cuando fue su turno de hablar, uniéndosele el mejor amigo del novio, Charlie van Straubenzee, con quien a dúo no dieron tregua a Harry. Luego, rompiendo todo protocolo, pues no es costumbre que la novia de un discurso, Meghan, que había llegado junto a su marido en un Jaguar eléctrico y había cambiado su vestido Givenchy por un minimalista modelo de Stella Mc Cartney, habló agradeciendo la cálida acogida que le había brindado la familia. Todo esto durante una comida que fue coronada con fuegos artificiales y el baile de los novios, que cambiaron el tradicional vals por algo más movido y bailaron al son de “I wanna dance with somebody”.  

Frogmore House se transformó en una pista de baile, Elton John cantó cuatro temas y en algún momento de la noche el actor Idris Elba ofició de DJ mientras en la pista celebridades de Hollywood se codeaban con los aristocráticos invitados. Como ha Diana le hubiera gustado. Los recién casados regresaron el domingo en la noche a Londres, para retomar sus actividades oficiales. La luna de miel, que al parecer sería en Namibia, deberá esperar.

Por: Olga Mallo desde Inglaterra.

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