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Tiempo libre

El secreto de Silvana, capítulo 8

– ¿Y cómo te llamas ahora? – Francisco Silvana sonrió irónica. – ¿De qué te ríes? –interpeló Mateo – De lo ridícula que soy. ¿Sabías que cuando no quería hablar de ti te nombraba falsamente como Francisco?, siempre te gustó ese apelativo. – Tienes razón. Silvana se volteó y quiso salir de la iglesia. El […]

El secreto de Silvana, capítulo 8


– ¿Y cómo te llamas ahora?
– Francisco
Silvana sonrió irónica.
– ¿De qué te ríes? –interpeló Mateo
– De lo ridícula que soy. ¿Sabías que cuando no quería hablar de ti te nombraba falsamente como Francisco?, siempre te gustó ese apelativo.
– Tienes razón.
Silvana se volteó y quiso salir de la iglesia. El sacerdote de la esquina seguía exactamente en el mismo lugar, atento a la conversación.
– ¿Quieres que te diga una cosa? – continuó Silvana- tú no tienes idea de lo que sucedió el 15 de enero, nadie, absolutamente nadie, sabe por lo que pasé.

– ¿En serio? Creo que no puedes juzgarme, al contrario, yo tengo más motivos para hacerte reproches.
– Fingiste tu muerte Mateo, ¿no te parece suficiente?
Él la observó con los ojos llorosos y se acercó lo suficiente para sentir su respiración.
– No fueron así las cosas.
– Tuviste quince años
– Es que después de lo que me enteré… Al principio tuve rabia,  me decepcioné, luego entendí que habías sufrido bastante y, bueno, no intenté acercarme a ti.

– Ya no vale la pena pensar en el pasado. Está muerto.
El religioso observó detenidamente a Silvana y creyó reconocerla. Si, era ella, la misma muchacha perdida de hace quince años, la misma chiquilla que llegó con el pelo mojado y llorando a aquella pequeña capilla de Valdivia. Habían pasado los años, si, pero su expresión de dolor era la misma, nada había borrado ese gran pesar de su rostro.

– Lo sé –continuó Mateo- por eso no tiene sentido seguir escudriñando en él. Tú no tienes derecho a reprocharme mi ausencia, así como yo tampoco tengo la potestad de exigirte una explicación por lo que hiciste.
-Si actué mal fue por culpa de tu mentira.

-¿Eres tu Silvana?, ¿Silvana Montero? –interrumpió una vieja voz.
Silvana no podía creerlo. Era él, si, él, aquel sacerdote de la capilla valdiviana. Una lluvia sureña de 1999 vino a su memoria.

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