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Tiempo libre

El nuevo Chile bajo la mirada de inmigrantes latinas

¿Cómo viven ellas la configuración de este nuevo Chile, diverso en costumbres, lenguas, colores y fisonomías antes poco comunes? Dos hermanas haitianas, una venezolana y una colombiana comparten su experiencia con dulce y agraz.

Por POR: PILAR NAVARRETE FOTOGRAFÍAS: PATRICIO ROJAS
El nuevo Chile bajo la mirada de inmigrantes latinas Vanessa y Machalie Jn Baptiste

La kinesióloga venezolana Bárbara Campos (32) empezó a saber más de Chile cuando en 2009 se emparejó con quien hoy es su esposo, un venezolano hijo de chilenos radicados desde hacía 40 años en Valencia, considerada la capital industrial de Venezuela, ubicada 150 kilómetros al oeste de Caracas. Por él y su familia conocía ciertas costumbres como las fondas para Fiestas Patrias y modismos como el “cachái”. Pero el gran aterrizaje lo experimentó en septiembre de 2015 cuando Bárbara viajó por primera vez a Santiago, no de visita, sino que para vivir.

“Era una posibilidad que veníamos conversando, pero siempre quedaba ahí”, dice ella, sentada en una de las oficinas del centro de medicina estética ubicado en Providencia, donde trabaja contratada desde hace dos años como encargada de atención al cliente. “La crisis en Venezuela desde hace muchos años que viene mal. El tema es que cuando eres joven no te das cuenta, pero lo descubres cuando te decides independizar y eso en general allá pasa cuando te casas. Ahí empiezas a proyectarte, pero entiendes que tus oportunidades de surgir son pocas”, dice.

A eso, comenta, se fue sumando lo que ella describe como “el acostumbramiento a una cotidianeidad cada día más anormal. Porque, en vez de mejorar, el paso que viene en Venezuela es todos los días un poco peor. Entonces la cosa decae de nuevo y te vuelves a acostumbrar a eso, sin darte cuenta. Te acostumbras a decir ‘se me acabó en shampoo’ y a no encontrarlo. En mi caso, poder salir de compras solo los días jueves porque era el único día donde podía comprar con mi cédula (de identidad). Me empecé a acostumbrar a hacer fila para conseguir lo básico. A no encontrar la comida y a la inseguridad”.

El antes y el después, en su caso, estuvo marcado por la última elección presidencial. “Esa noche, tras enterarse de que había ganado Nicolás Maduro, recuerdo claramente que mi esposo me dijo: Yo me voy a Chile, ¿me acompañas?”.

Bárbara Campos

Bárbara y su marido tomaron el avión el 25 de septiembre de 2015. Dice que lo primero que le llamó la atención fue lo moderno de las calles, lo limpia de la ciudad. Y al amanecer, cuando abrió la ventana, la cordillera. “El paisaje y la forma de vestir de las personas fue lo que más me impresionó. Las mujeres con botas, con abrigos, con bufandas. Yo decía ‘wow, qué elegante’. Porque allá en Venezuela todo es en shorts, chalitas. Allá las mujeres se arreglan mucho, pero es otro estilo: más informal. Llegar aquí y decir ‘me tengo que comprar unas botas’ fue una emoción”.

Cuatro meses después de llegar a vivir a Santiago, Bárbara consiguió trabajo en un centro de medicina estética donde está contratada actualmente. Ahí, dice, comenzó a entender otro código que asegura define a las chilenas: el valor que le dan a la simpleza. “Al principio decía para mis adentros ‘cómo se atreve esta mujer a salir con esa cara lavada, ¡y así y todo se ve linda!’. Me impresionó lo frescas que son, y con el tiempo me pareció muy lindo eso que para nosotras es imposible, porque el terror de la mujer venezolana es salir a cara lavada. Allá la lógica es ‘prefiero ir más producida y que digan ‘qué arreglada’ a que digan ‘va como una loca’’. E ir como una loca allá es ir desarreglada. Pero acá es según la ocasión lo justo y necesario. Y eso es estupendo”.

Aunque eso del look descuidado en las chilenas, asegura Bárbara, ha ido cambiando.

“Les gusta mucho cuidarse: depilarse, sentirse cómodas, pero siempre calladitas. Para las chilenas el cuidado estético es parte de la intimidad. Tiene que ser muy íntima tu amiga para que le digas ‘mira, me hice tal tratamiento’. Y parte de eso se expresa en que cuando quieren un rejuvenecimiento te dicen ‘que sea muy poco, por favor, muy simple, que se note lo menos posible’. En cambio, la mujer venezolana cuando quiere el cambio, quiere que todo el mundo se dé cuenta de que ella se retocó. En Chile, al revés: el deseo es ‘que se me note que me hice algo, pero que nadie sepa qué es lo que me hice’”.

BELLEZA PARA GENERAR COMUNIDAD

Vanessa (24) y Machalie Jn Baptiste (27), las dos hermanas haitianas detrás del concurso de belleza Miss Haití en Chile, saben que su historia es diferente a la de la mayoría de los haitianos que han llegado a vivir al país, porque no estuvo empujada por la precariedad económica. Ambas llegaron en 2015, cuando todavía la ola de migrantes haitianos no era tan masiva. De hecho, hacía tiempo que no vivían en Haití.

Machalie había partido a los 18 años a estudiar Medicina a República Dominicana, donde aprendió un perfecto español, y para que no viviera sola, al terminar el colegio su mamá envió a Vanessa, quien comenzó a estudiar administración. Vanessa estaba pasando de segundo a tercer año cuando un día su mamá —una activa trabajadora social, dueña de una escuela de oficios en Puerto Príncipe, además de sostenedora de un orfanato— había escuchado que una amiga se había venido a vivir a Chile y quería visitarla.

“Yo solo la seguí con el fin de venir a conocer, pero a los pocos días mi mamá dijo ‘me gusta, me voy a quedar’. Yo quedé un poco como ‘y yo qué voy a hacer’”, recuerda Vanessa.

Aunque manejaba bien el idioma, dice que fue otra cosa la que la impresionó cuando salió a la calle: ver a jóvenes besándose. “Yo creo que eso es muy impactante para todos los haitianos que llegan acá. Porque allá eso no se ve en la calle. Incluso la gente que está casada no se besa ni en su casa. Es algo muy privado”, dice.

Entremedio Machalie junto a Martinson, su marido, y a su pequeña hija Sophie decidieron venirse a Santiago a fines de 2015. Desde entonces, buena parte de sus conocidos —explican, antes de ir a la fiesta a la cual están invitados por la embajada de Haití en Chile— los hicieron a través de la iglesia mormona, la religión que profesan la mayoría de los haitianos.

Vanessa y Machalie Jn Baptiste

A través de contactos por la iglesia Vanessa consiguió su primer trabajo en la municipalidad de Cerro Navia. Como a los pocos meses partió a misionar el norte de Chile, Machalie la reemplazó. Luego ella encontró trabajo en el hospital del Carmen en Maipú. Dice que allí vio lo mejor del trabajo social, pero a la vez experimentó el shock de las malas experiencias, como la vez donde una mujer que le arrancó el cabello a un compañero de trabajo porque se demoraban en darle hora en el consultorio, o cuando otra mujer llegó a pedir los resultados de un examen y por no presentar su carnet Machalie le dijo que no podía entregárselos.

“Empezó a gritarme tú que vienes de tu país y ahora acá estás imponiendo reglas acá. Había otra persona grabando con su celular. Y cuando la mujer se dio cuenta la miró y le dijo: ‘Yo no sé por qué la defienden. Cuando ellos les peguen la lepra, ya van a ver’. Ese día dije yo no puedo volver aquí”.

A pesar de la mala experiencia, Machalie no desistió del trabajo social. Luego partió nuevamente a trabajar a Cerro Navia como facilitadora intercultural en un Centro de Salud Familiar.

Ya de regreso de misionar por el norte, Vanessa comenzó con la idea de generar un concurso de fotos por Facebook que permitiera generar comunidad entre las migrantes haitianas. Un concurso donde no importara la talla ni el físico, sino las ganas de las mujeres por participar y movilizar en ellas un compromiso social. “Pero Machalie me dijo ‘puede ser algo más grande: algo que las haga conocerse en persona y que no sea solo digital, y podemos hacer cosas sociales’. Y ahí se agrandó más la cosa”.

Así nació el concurso Miss Haití en Chile. La primera versión tuvo 40 participantes. Ahora ya están avanzando en la segunda versión. “Lo que me hace sentir más satisfacción es ver que el concurso ayuda a las haitianas a sacar personalidad y bajar el estrés que les genera su condición de migrantes. Porque la timidez es algo muy presente en ellas”, explica Vanessa, quien junto a Machalie es consciente de que han ido generando algo virtuoso dentro de la comunidad de haitianas en Chile.

“Las chicas están aprendiendo mucho y se está viendo el cambio. Se sienten más en casa. El concurso les ha ayudado a integrarse en Chile, porque muchas de ellas estaban muy encerradas. Hace unos días fuimos a la Teletón. Van teniendo experiencias. Son mujeres que tienen mucho talento, pero como no tienen contactos y no saben dónde ir para desarrollarlos, se quedan haciendo poco o nada cuando podrían haber hecho más con un poco de ayuda. Con Miss Haití ellas logran esos contactos. Y hacen cosas diferentes, cosas que realmente quieren. Para mí eso realmente me llena el corazón”, dice Vanessa.

LEJOS DE LOS HIJOS

Ese 25 de diciembre de 2016, cuando tomó el avión rumbo a Santiago, era la primera vez que Diana Sánchez (29 años) salía de Colombia. Esa mañana se había despedido de sus dos hijos, por entonces de 9 y 3 años, “con el corazón hecho pedazos porque no sabía cuándo los iba a volver a ver”, dice una mañana de septiembre en el living de su casa.

Oriunda de Pradera, un pueblito en las cercanías de Cali, había estudiado dirección de ventas y trabajado en bancos. Pero cuando quedó esperando a su segundo hijo, como el embarazo era de riesgo y asegura no la quisieron reubicar, se vio forzada a renunciar. De ahí en adelante le fue imposible encontrar trabajo. “Entremedio me separé y todo se puso más complicado”, dice.

Fue la mamá de Diana, quien ya llevaba cuatro años en Chile, la que le dijo que viniera a probar suerte. “Yo me basaba en lo que me decía ella: estaba contenta, decía que era muy bueno Chile, que había buen trabajo y que podía surgir. Y allá en Colombia estaba viviendo de lo que enviaba mi mamá. Entonces pensé, por último, me voy a trabajar de mesera o haciendo aseo en otro país donde gane más y pueda enviarles dinero a mis hijos. Eso hizo que tomara la decisión de venirme”, cuenta. Sus hijos quedaron con la abuela paterna de los niños.

Diana Sánchez

A los pocos días de llegar a Chile comenzó a reemplazar a su mamá en el almacén donde trabajaba. “Ahí empecé a conocer la comida de acá, a aprender cómo la llaman. También a conocer los precios”, dice. En eso de comenzar a ver a la gente dice que le llamó la atención la forma de vestir de las chilenas, “tan elegante, tan tapadas”. “Eso de que anduvieran con botas, con panties; las combinaciones que hacen me gustó. Andar con botas, medias y vestiditos. La manera en que visten muy femeninas”, dice.

Lo que extrañó, sí, además de que la gente la saludara en la calle, fue no encontrar a primera mano un lugar donde hacerse las manos o alisarse el pelo. “Allá en cada esquina hay una peluquería. Y además todas las amigas te saben maquillar, hacer las uñas, alisar el pelo. Entonces, si no tienes plata, allá se lo hace uno mismo o la amiga”. Por eso, cuenta, con su primer sueldo lo primero que hizo fue comprarse una plancha para el pelo.

Al mes de aterrizada en Chile, Diana consiguió trabajo en una panadería, a cargo del mesón y haciendo aseo. Se levantaba a las cinco de la mañana y trabajaba hasta las 21.30 horas. Era la única extranjera. Con la gente que trabajaba, reconoce siempre se llevó bien. Pero no todo fue amable. Como el día que por pesar mal el pan un cliente comenzó a insultarla.

“Me dijo: ‘por qué no te vas a trabajar a un café con piernas si eso es lo que hacen las colombianas’. Le dije: ‘no tiene necesidad de tratarme así, por favor, respéteme’”.

Ese día, asegura Diana, se durmió pensando que no iba a aguantar un día más en Chile. “Pero al día siguiente dije ‘no puedo irme, tengo cosas que pagar’. Porque, aunque trabajar en una panadería no era mi expectativa cuando llegué, con ese sueldo podía pagar parte de mi deuda en Colombia, mandarles plata a mis hijos, comprarme cosas para mí y ayudar a mi mamá. Ahí me empezó a cambiar el switch. La plata que ganaba acá valía cuatro o cinco veces de lo que me rendía allá”.

Poco tiempo después, una amiga de Diana llegó a vivir a Santiago. Dice que el primer comentario que le hizo fue que no se tomara nada como personal. “Las mujeres miran así, porque así miran y no saludan”, recuerda que le comentó. “Es que como extranjera nos pasa que acá las mujeres nos miran de abajo a arriba como haciéndonos una radiografía. No es una mirada amable, porque te miran como si una fuera una amenaza. Y es incómodo”, dice. “Lo complicado es que a una en Colombia desde niña te crían para ser amable y vestirte bien. A todo el mundo uno le dice cómo está, mucho gusto conocerte. Y a veces siento que tengo que dejar de ser así para no incomodarle a las chilenas. Me ha costado entender el código para ser aceptada, sin dejar de ser quien soy”.

Después de trabajar en la panadería, donde consiguió un contrato de trabajo que le permitió regularizar su situación en Chile, Diana hizo un reemplazo como secretaria en el hospital Barros Luco y desde hace tres meses trabaja en una escuela de DJ donde maneja la contabilidad. Ya emparejada con un chileno, con quien vive desde hace más de un año, asegura que le gusta la vida acá, aunque hay cosas que todavía le duelen.

“Como ese prejuicio que existe hacia los colombianos, que piensen que uno no es más que alguien que puede trabajar en un café con piernas, o vendiendo drogas, o prestando dinero y engañando a la gente. Eso duele. Porque sí, acá hay colombianos malos y a uno le da vergüenza. Yo soy de las que dice que les caiga todo el peso de la ley, pero igual duele que te estigmaticen. Y pasa todo el tiempo. Que te hablen siempre de Pablo Escobar. Yo les digo, ¿acaso no conocen nada más de Colombia?”.

A pesar de lo difícil, Diana es de las que ya no se imagina lejos de Chile. “Cuando llegué dije que no me pensaba quedar. Pero ahora que estoy acá, digo que no pienso volver a Colombia. A vivir, no. No sé cómo lo voy a hacer con mis hijos que son lo único que me ata. Creo que si me tengo que acostumbrar a verlos solo cuando vienen de vacaciones, asumo que será el costo que tengo que pagar”.

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